Cecilia Orozco Tascón. (C.O.T.)— Maribel, ¿por qué quiso abortar?
¿Esto es también parte de lo que se solicitaba en la manifestación del fin de semana pasado en Madrid?

El tan aclamado -por la Iglesia Católica- argumento del derecho a la vida tanto del embrión como del feto, aparte de no sostenerse en pie, se vuelve en su contra al tener que admitir el hecho incuestionable de que todo derecho implica, necesariamente, el mismo derecho a lo contrario; dicho de otra forma: todo derecho es renunciable. Lo contrario supondría una obligación, por lo que no se podría hablar de derechos. En consecuencia, el derecho a la vida supone, en la misma medida, el derecho a la muerte. Afirmar que la vida pertenece a Dios y sólo él puede quitarla convierte el derecho a la vida en un eufemismo que encubre la obligación de vivir. Pero, la Iglesia Católica es cada vez más reacia a utilizar argumentos religiosos para respetar la libertad de conciencia, viéndose obligada a buscar en el cajón de la lógica argumentos a través de los cuales pueda demostrar la inmoralidad de ciertos actos tanto a creyentes como a no creyentes, utilizando el conocido "contra natura", el ya analizado derecho a la vida o la dignidad humana cuando se trata de eutanasia.
¿Quién, sino el sujeto de un derecho, puede decidir la ejecución o no de su derecho? Nadie puede decidir por otro -a no ser que se sepa de forma clara su voluntad y que el sujeto de derecho no pueda explicitarla. Si el embrión o el feto tuvieran derecho a la vida deberían ser ellos y no la sociedad quienes decidieran. Pero, ni el embrión ni el feto pueden tener derecho a la vida. En todo caso, el feto que haya desarrollado lo suficiente el sistema nervioso central como para poder sentir, tendrá el mismo derecho y dignidad que el resto de animales sintientes. Es evidente que a la luz de la razón no hay nada que justifique el derecho a la vida de un feto humano y no pueda justificarlo, igualmente, del resto de animales. ¿Cómo surge, entonces, el derecho a la vida? Todo derecho surge de un deseo -explícito o implícito- por o de algo. Mas, no todos los deseos producen derechos. Aunque sea lícito desear algo que no te pertenece, ello no da lugar siempre a un derecho sobre ese algo. En cuanto al derecho a la vida no puede nadie decidirse por ella hasta que haya llegado a desarrollar la inteligencia y autoconciencia necesaria para conocer de primera mano lo que es vivir, requisito indispensable para que alguien tenga ilusión por la vida y pueda anunciar al mundo su deseo de vivir. Pero, no olvidemos que ese deseo es tan respetable como el deseo de morir; la dignidad humana implica la propiedad de sí mismo; nadie tiene la propiedad de la vida ajena. ¿Pueden el embrión o el feto desear vivir? Evidentemente, no; como tampoco pueden desear la muerte. El conocimiento que puedan tener dichos organismos acerca de la vida o de la muerte es nulo y, si tuviéramos que guiarnos por su nivel de autoconciencia, ésta es infinitamente inferior que la de cualquier insecto del que no nos preocupa lo más mínimo su posible derecho a la vida. Aparte de los escrúpulos morales que subyacen en la sociedad y que tienen su origen en creencias religiosas, el factor cultural y educacional heredado por la tradición y, quizás, también por el instinto de supervivencia, son factores que influyen decisivamente a la hora de confeccionar un concepto impreciso y erróneo tanto de la vida como de la muerte. La vida es un conjunto de vivencias y experiencias que pueden ser buenas o malas; y nadie sabe el futuro de su vida. En base a esta definición podemos sustituir la palabra "vida" por la de "experiencia", por lo que si en lugar de preguntar a alguien si quiere vivir le preguntáramos si quiere tener una experiencia, su respuesta no se daría sin antes habernos preguntado qué tipo de experiencia es la que le proponemos; y si le respondemos que ignoramos la calidad de dicha experiencia veo muy difícil que alguien aceptara tener una experiencia sin saber antes en qué consiste ésta. No sucede así si preguntamos si quiere vivir. Aunque nadie sabe con certeza el tipo de vida que le espera, el ser humano tiene inscrito en su instinto de supervivencia el rechazo automático a la muerte, que se puede definir como el "no tener ninguna experiencia". El miedo a la muerte obedece a un factor cultural y educacional que es connatural al ser humano pero que no está basado en razones objetivas. El hecho de ignorar lo que hay más allá de la muerte se traduce en el miedo a lo desconocido, precisamente el mismo temor a tener una experiencia de la que no podemos dar ningún dato. Y, sin embargo, las malas experiencias sólo se han dado en la vida: deberíamos tener más miedo a la vida que a la muerte. El corolario de todo ello es que la vida no tiene ningún valor ni negativo ni positivo siendo únicamente posible determinar su valor una vez que se haya experimentado. Desde el momento en que venimos de la nada y volvemos a ella la vida es, simplemente, un paréntesis dentro del "no ser". Y este paréntesis -léase experiencia- nadie puede obligarnos a experimentarlo.
El conflicto no puede reducirse a abortistas contra antiabortistas. La Declaración de Madrid sí es antiabortista. Sus autores se mueven "en defensa de la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal". Pero el contramanifiesto no es abortista. Lo que sostiene es que la ciencia es neutral en esta cuestión. Los científicos que lo firman no denuncian a sus colegas por oponerse al aborto, sino por confundir a la sociedad presentando como argumentos científicos lo que pertenece "al ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas".
El enfrentamiento ha editado un Quién es quién de la ciencia española en cuestión de dos semanas: los directores de 20 institutos de investigación, 135 miembros de las Reales Academias, premios nacionales y príncipe de Asturias, centenares de catedráticos y profesores de investigación, aparecen numerados bajo uno de los dos manifiestos.
Fuente: El Pais.

